02.05.2017

You CAN Have an Impact

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En Wexford Collegiate Institute, la secundaria a la que fui en Canadá, hice dos grandes amigos: Robert y Amanda. Los tres cursamos el programa enfocado en Moda.

Eran los años de Tim Blanks en Fashion File. Películas como Prêt a Porter y Unzipped se exhibieron en los cines, La moda callejera mezclaba imitaciones del corset de Gaultier para Madonna con el look lolita de Alicia Silverstone para los videos de Aerosmith y el minimalismo de Calvin Klein. Era la última década del siglo y se notaba. Todo estaba pasando y queríamos ser parte de ello. Fue entonces que se anunció que las carreras técnicas de Diseño y Comunicación de Moda de Ryerson University serían las primeras de carácter universitario en Norteamérica.

Se esperaban más de 1200 postulantes para ambas carreras y el ingreso estaba limitado a unos 350.

Para mejorar nuestras probabilidades de ingreso organizamos desfiles extracurriculares, armamos una asociación de estudiantes de moda en el colegio, hicimos trabajo voluntario para marcas, fuimos a cuanto museo y evento pudimos y pedíamos certificados de participación. Tomamos todos los cursos que pudimos relacionados con el lado de la industria al que queríamos postular: ellos a Diseño, yo a Comunicación. Y en medio de esa vorágine nos comentaron que el curso de Ilustración de Moda – casi requisito para la carrera y poco común en secundaria – sería cancelado por falta de presupuesto.

Podría no habernos importado, pues aquella decisión ya no nos afectaba. Pero nuestro era un colegio especial: las Artes eran su fuerte. Ese curso sería vital para quienes tuvieran el mismo sueño que nosotros teníamos en el futuro.

Partí a la oficina de Mr. Ross, un mentor y guía vocacional que siempre tenía la puerta abierta para quienes quisieran innovar. Le planteé el problema, casi con desilusión: “no pueden cancelar el curso. Es una mala decisión y es injusto para los alumnos futuros”, le dije. Me miró pensativo y sonriente, como siempre. Se notaba que a Mr. Ross le gustaba su trabajo. “La verdad, yo no puedo hacer nada, pero quizás ustedes sí”, me contestó. Pasó a explicarme que podíamos redactar una petición y juntar firmas. Me dio un ejemplo de cómo hacerlo mientras yo tomaba nota. De ahí salí a armarla y fotocopiar las hojas. Apenas me encontré con Robert y Amanda les mostré las hojas y les dije: “tenemos que juntar firmas”.

Teníamos pocos días; las clases estaban por terminar. Contrarreloj, empezamos a abordar a estudiantes. Primero a nuestros compañeros y a las clases de los profesores que conocíamos. No todos firmaban y eso me impactó. Mientras que me sorprendió cuánto se involucraron personas inesperadas y se ofrecieron para juntar firmas. Los requisitos eran claros y firmes: nombre completo, número de estudiante y firma. Los datos serían verificados por las autoridades estudiantiles una vez que entregáramos la petición (siempre y cuando llegáramos al mínimo de firmas requerido).

No recuerdo bien cuántas firmas juntamos, pero recuerdo que estábamos cerca del número y abordamos a un grupo de chicas y todas accedieron a firmar. En ese momento otros preguntaron qué hacíamos y cuando les contamos, firmaron también. Y nos dimos cuenta de que habíamos sobrepasado el mínimo. Revisamos que no se repitiera ningún nombre y entregamos la petición a Mr. Ross, quien la recibió con una risa que denotaba una mezcla de sorpresa y satisfacción. La evaluación llevaría tiempo, nos dijo. Quizás no se tomara en cuenta inmediatamente, pero no debíamos perder las esperanzas: de todas formas podría contar para el año siguiente.

Unos días más tarde fuimos al colegio por última vez, a buscar el Yearbook y a que nos entregaran nuestras notas finales. Es tradición pedirle a amigos y profesores que firmen tu Yearbook agregando alguna dedicatoria. Cuando fui a pedirle una a Mr. Ross, me dio la gran noticia:

“¡Adivina! Lo lograron: el Concejo Educativo decidió mantener el curso de Ilustración de Moda. ¿Ves? Cada uno de nosotros puede hacer la diferencia. ¡Felicitaciones!”

Me encantó que me firmara el libro, pero lo único que quería era salir corriendo y contarle a mis amigos. Cuando llegué al pasillo ya lo sabían: estaban conversando con la docente a cargo del curso, quien les había agradecido el esfuerzo mientras firmaba sus libros.

Atesoro ese Yearbook, no por las fotos de lo que pasó en el año ni como un recuerdo típico, sino por la dedicatoria de Mr. Ross:

“Thanks for the memories. You can have an impact! Best wishes always.”

Hasta hoy le agradezco cuando me enfrento a un “no vas a poder”. Ahí me acuerdo de ese día y me digo: “claro que sí”.

Snow! Los valores universales
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