02.05.2017

Snow! Los valores universales

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Al llegar a Canadá viví un verdadero shock cultural, empezando por enterarme de que nuestra raza era “latina” y no “blanca”. ¡Bienvenidos al mundo de la diversidad!

Como no hablábamos inglés, mi hermana Nadia y yo entramos a una clase especial de ESL (English as a Second Language) en la que había chicos de todos lados del mundo. Algunos, al igual que nosotras, no hablaban el idioma. Otros lo hablaban, pero tenían que nivelar sus conocimientos antes de poder pasar al nivel que por edad les correspondía. Descubrí que había países de los que no sabía nada y aprendí sobre lo privilegiado de nuestra propia historia. La mayoría de nuestros compañeros eran refugiados y habían tenido que pasar por varios campamentos hasta llegar a Toronto; habían huido con sus familias de la guerra, de la pobreza, de la mutilación genital femenina… Y yo los miraba y eran niños. Todos éramos niños. Pero ellos habían visto más atrocidades de las que yo esperaba ver en toda mi vida.

Una mañana fría, cuando se acercaba el invierno, Nadia notó una pelotita que le cayó sobre la chaqueta. Parecía una bolita de plumavit (espuma plast). “¿Será nieve?” me preguntó. “No, la nieve es más grande”, le dije con el típico tono sabelotodo de hermana mayor. Si bien habíamos estado en las montañas nevadas, ninguna de las dos había visto nevar jamás.

Durante la mañana, mientras escribíamos en nuestros cuadernos, Nadia miró hacia la venta y dijo con cara de sorpresa “¡Está nevando!” Yo me volteé y se largó a reír. Repitió la broma varias veces.

“¡Está nevando!” exclamó más fuerte. “Sí, claro”, le contesté cansada. “¡Está nevando! ¡Eva, está nevando!” empezó a gritar, mientras me agarraba de la ropa. Ahí escuché a nuestra compañera Farridah, de Afganistán, exclamarle al profesor “Oh, Sir, Snow!” Giré la cabeza y ahí estaba: ¡la nieve! Nunca había visto algo tan grandioso y silencioso al mismo tiempo. Impresionante.

El paisaje no tardó en quedar totalmente blanco y la nieve empezó a acumularse.

Apenas sonó la campana del recreo, nos pusimos las chaquetas y corrimos al patio. Sin planificación alguna empezamos tirarnos bolas de nieve. ¡Fue mundial! En pocos minutos habíamos aprendido lo fuerte que pueden pegar las bolas de nieve, lo que enfrían cuando te caen entre el cuello y la ropa, quién de la clase tiraba más fuerte y lo difícil que es armar un muñeco como los de la tele.

Esa mañana, la nieve nos trajo una alegría que hacía mucho no experimentaba. Todos volvimos a ser niños. Todos jugamos juntos. Las guerras, los refugios y los dolores quedaron atrás. Esa mañana no fuimos más que niños jugando y siendo niños.

Ahí entendí que hay valores, como la alegría, que son universales. Y una vez que se sienten, no hay qué los detenga.

Y entendí por qué podía emocionarme con un aviso de Coca Cola 😛

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