02.05.2017

Imagine

Sin categorizar

La música siempre fue vital en mi casa: mis papás sin ella como que no funcionan. Pero recuerdo una tarde diferente. Mis papás habían sacado un par de discos para escucharlos una y otra vez, con el volumen más alto que de costumbre.

Tomé la tapa de uno para mirarla: cuatro hombres asomados mirando por un balcón, de blazers y pelo corto. “Normales”.
Y recuerdo darla vuelta y ver a cuatro pelilargos y barbudos asomados por el mismo balcón y de pensar que parecían otras personas.
-¿Aquí está el que mataron?” Pregunté.
-Sí, es ese- dijo mi papá indicando a uno de ellos.
Miré la otra foto y pregunté:
-¿Y aquí?
-Sí, es ese- me dijo indicando a uno que parecía otro, sonriente y sin anteojos.
-¿Por qué aquí tiene pelo largo y barba?
-Porque ahí ya se había hecho hippie- contestó mi mamá.

Fue esa tarde de martes, el 9 de diciembre, mientras mis papás rendían su propio tributo a Lennon después del trabajo, que entendí el significado de la moda: todo lo que las apariencias podían comunicar. En el Chile de entonces era extraño ver a hombres de barba y pelo largo. Parecían personas diferentes. Y en cierta forma lo eran.

“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, escribió una vez Neruda. Para mí, la moda sirve para volver aquella frase tangible.

Unos días después, mientras mi abuela hojeaba un libro, me quedé observando un pequeño busto de Cristo que tenía sobre un estante en su casa.
-¿Jesús también era hippie?

No Comments

Post a comment