02.05.2017

Cada Persona Esconde Mil Historias

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Sam estaba en varias de mis clases. Nacida en Sri Lanka, había emigrado hacía unos pocos años con su familia. Su nombre no era Sam, sino bastante más largo, pero ella lo acortaba a las tres primeras letras. Algunos días vestía ropas tradicionales, mientras que otros llegaba al colegio de jeans de tiro bien alto y camisa bien abotonada. Era una “sabelotodo”: estudiosa y competitiva. Y nos sentábamos juntas en una de las clases de Moda.

Una mañana fue diferente. Sam llegó con los labios de un suave color lila, con un body de encaje blanco que dejaba entrever su sostén y con jeans de tiro más bajo. Su pelo, en vez de estar atado en una media cola, estaba suelto.

Todas la miramos asombradas cuando entró. Y lo notó. Con cara de orgullo se sentó a mi lado en silencio y, tras unos segundos me preguntó “¿Y? ¿No me vas a decir nada?”, “¿Sobre qué?” le dije con tono de indiferencia. “De mi ropa”, contestó sonriente. “¿Qué pasa con tu ropa?” le contesté, en un nuevo intento por sonar cool. “La elegí yo”, me dijo. Quedé en silencio sin entender mucho a qué se refería.

Esperó unos segundos. “Hoy es mi cumpleaños: cumplo dieciocho. Y por primera vez mis papás me dejaron elegir la ropa que yo quisiera”.

“Oh”, le contesté.

Impregnada de orgullo adolescente no le dije nada más. Pero esa mañana entendí que ella era muy distinta a la chica que yo imaginaba. Que a pesar de mostrarse seria, conservadora y competitiva, tenía mil sueños y quería ser una más, divertirse, animarse.

Ese día entendí que cada persona esconde mil historias y mil motivos para ser como es, y que tenemos que tratar de no juzgar. Una vez más, comprendí lo significativo de la ropa.

Sam siguió vistiendo como antes, aunque de vez en cuando volvía con el body semi transparente. Nunca supe qué la llevaba a vestir una cosa o la otra. Pero, si bien siguió siendo la misma, empecé a escucharla de verdad.

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